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Home LUGARES COMUNES

LA CIUDAD DE LOS MUERTOS

Somos una sociedad que se reconoce en sus tradiciones mestizas y ha convertido su relación con la muerte en una de sus expresiones culturales más reconocibles.

by Ahora Veracruz
noviembre 4, 2026
in LUGARES COMUNES, Opinión
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Este Día de Muertos me puso a pensar en la importancia que concedemos los mexicanos a nuestros muertos y en cómo ha evolucionado nuestra manera de honrarlos. Todo comenzó durante una visita a mis muertos en el panteón municipal de Jonuta, donde encontré una suerte de elegía al desorden. Entre tumbas y maleza descubrí la paradójica belleza de la decadencia, un monumento involuntario a la fragilidad humana. El tiempo y la naturaleza parecían desbordar cualquier intención de orden y permanencia. Pero aquella imagen también admitía una lectura menos poética: el abandono de los vivos, la pérdida del cuidado familiar e institucional de los lugares destinados a nuestros muertos.

Somos una sociedad que se reconoce en sus tradiciones mestizas y ha convertido su relación con la muerte en una de sus expresiones culturales más reconocibles. Sin embargo, resulta interesante contrastar esa importancia simbólica con la atención que prestamos a nuestros cementerios.

¿Siguen teniendo los panteones la misma relevancia que tuvieron en otros tiempos?

La celebración del Día de Muertos mantiene una extraordinaria vitalidad, aunque sus manifestaciones se hayan transformado. Las ofrendas familiares conviven con festivales, espectáculos y desfiles. La imagen adquiere protagonismo y las tradiciones se incorporan a las estrategias de promoción cultural y turística. El desfile de Día de Muertos de la Ciudad de México, surgido en 2016, muestra cómo una expresión cultural puede adquirir nuevas formas de representación y convertirse también en un producto.

Esto no significa necesariamente que pierda autenticidad. Producto, cultura y simbolismo pueden coexistir en una misma costumbre. Lo interesante es preguntarnos qué conservamos de su significado original y qué importancia concedemos hoy a los lugares donde descansan nuestros muertos.

El significado que atribuimos a un espacio determina el valor que le concedemos y la trascendencia que aspiramos a darle.

Incluso cabe preguntarnos si los muertos habitan los panteones. Si consideramos que esos lugares son su morada simbólica, su arquitectura adquiere una dimensión distinta de la que tendría un simple depósito de restos humanos. Las propias palabras con que los nombramos ofrecen algunas pistas.

Cementerio proviene del griego koimētḗrion, que significa dormitorio o lugar para dormir, relacionado con la idea cristiana del descanso de los muertos. Panteón procede de pántheion, originalmente vinculado al culto a todos los dioses, y posteriormente asociado a monumentos funerarios. Necrópolis, por su parte, significa literalmente ciudad de los muertos.

Esta última denominación resulta particularmente interesante desde la arquitectura. Una ciudad supone organización espacial, recorridos, jerarquías, monumentos y una estructura que relaciona sus diferentes partes. La necrópolis reconoce una dimensión urbana en el espacio funerario.

Los cementerios, como las iglesias, pueden ser lugares de culto y recogimiento. El misticismo y el simbolismo no son componentes secundarios de su arquitectura, sino parte esencial del significado que les atribuimos.

Su diseño debe responder tanto a las necesidades prácticas como a los rituales, las creencias y las emociones de quienes los visitan. El orden, los recorridos, el paisaje y los espacios de reunión adquieren así una dimensión que trasciende su función material.

A lo largo de la historia, distintas civilizaciones dedicaron importantes recursos a sus construcciones funerarias. La necrópolis de Guiza, en Egipto, expresaba creencias sobre la vida después de la muerte, pero también poder político y religioso. Las culturas mesoamericanas integraron sus enterramientos a concepciones rituales y sociales del territorio. En Europa, los cementerios vinculados a las iglesias dieron paso progresivamente a espacios separados de los núcleos urbanos, también por razones sanitarias.

El cementerio de Père-Lachaise, en París, muestra cómo avenidas, monumentos y vegetación pueden conformar un paisaje de memoria colectiva. Skogskyrkogården, en Estocolmo, demuestra que la dignidad funeraria puede expresarse mediante la naturaleza y el recogimiento, sin recurrir a la ostentación.

En Japón, Tadao Ando realizó La colina de Buda, dentro del cementerio Makomanai Takino. Mediante una colina cubierta de lavanda, un recorrido y un espacio circular de concreto abierto al cielo, construyó una experiencia espiritual donde arquitectura y paisaje participan de un mismo propósito.

Estos ejemplos revelan distintas maneras de comprender la trascendencia. También recuerdan que la arquitectura funeraria responde a las condiciones políticas, económicas y culturales de cada sociedad.

Y existen sepulturas históricas cuya ostentación expresaba más la posición económica de los vivos que la dignidad de los fallecidos.

Conviene recordarlo para no idealizar el pasado. La arquitectura funeraria también ha servido para manifestar jerarquías sociales, perpetuar apellidos y exhibir riqueza.

En México, el Panteón de San Fernando, en la Ciudad de México, y el Panteón de Dolores, en Jerez, Zacatecas, conservan testimonios de esa arquitectura donde la memoria individual y la representación social adquirieron una expresión material. Sus monumentos y sepulturas forman parte del patrimonio de las comunidades que los construyeron.

Pero basta recorrer muchos cementerios contemporáneos para encontrar una realidad diferente.

En algunos todavía puede reconocerse una calzada principal, un eje ordenador, una intención original de conjunto. Conforme crecen, esa estructura comienza a desdibujarse. Los espacios se reducen, aparecen pasillos estrechos, se interrumpen recorridos y las ampliaciones parecen responder más a la necesidad de encontrar un lugar disponible que a una concepción integral.

En el panteón municipal de Jonuta, el desorden deja de ser una cuestión de apariencia cuando intentamos recorrerlo. La proximidad entre las tumbas dificulta el tránsito y puede convertir el traslado de un féretro hasta su sepultura en un verdadero problema técnico. En ocasiones, alcanzar una tumba supone pasar por encima de otras, una circunstancia que quizá resulte indiferente mientras no se trate de la sepultura de un familiar. Es entonces cuando el desorden revela algo más profundo que la ausencia de organización espacial: la falta de consideración por el espacio que compartimos, incluso con nuestros muertos.

Las causas pueden ser diversas y merecen su propio análisis. Lo que aquí interesa es observar cómo una arquitectura concebida para representar la memoria puede terminar reducida a una sucesión de lotes funerarios.

De la ciudad de los muertos al fraccionamiento funerario.

El orden simbólico no exige monumentalidad, pero sí una intención. Un panteón austero puede poseer una extraordinaria dignidad arquitectónica sin grandes mausoleos ni avenidas monumentales. Porque los panteones también se diseñan para los vivos: para quienes acompañan un cortejo, visitan una sepultura, recuerdan a sus familiares o simplemente necesitan transitar por sus espacios.

Desde luego, los cementerios contemporáneos enfrentan condiciones diferentes. El crecimiento urbano, el valor del suelo, los requerimientos sanitarios y los costos de mantenimiento condicionan su desarrollo. En México, el servicio público de panteones corresponde al ámbito municipal, sujeto también a disposiciones sanitarias, urbanísticas y administrativas. Su operación puede involucrar a particulares conforme a la legislación aplicable.

A esto se suma la transformación de las prácticas funerarias. La cremación, los nichos y las nuevas formas de conservar la memoria modifican nuestra relación con estos lugares. El recuerdo puede permanecer en una urna, una fotografía o un archivo digital, independizándose, en cierta medida, de la sepultura.

Pero esta transformación no elimina la necesidad de espacios significativos. Nos obliga a reconsiderar qué arquitectura corresponde a nuestras maneras contemporáneas de entender la muerte.

Cada Día de Muertos, las calles se llenan de flores, música e imágenes de una tradición que reconocemos como propia. Celebramos nuestra relación con la muerte y la mostramos al mundo. Mientras tanto, los panteones parecen ocupar un lugar cada vez más secundario en nuestras prioridades.

No se trata de regresar a las grandes construcciones funerarias del pasado, sino de reconocer que la calidad de estos espacios también expresa nuestra manera de entender la memoria, la comunidad y la trascendencia.

La forma en que construimos nuestras ciudades revela mucho de lo que valoramos como sociedad. La manera en que concebimos y conservamos las ciudades de nuestros muertos no tendría por qué ser diferente.

 

RUDY LARA ÁLVAREZ

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