En las tierras altas de Ocotepec, Chiapas, una comunidad de agricultores se niega a dejar morir una semilla que lleva generaciones en sus manos: el maíz Tehua. Frente al avance de cultivos híbridos y la pérdida de saberes tradicionales, pequeños productores han decidido mantener viva esta variedad nativa, símbolo de identidad y resistencia.
El Tehua no es cualquier maíz. Es el resultado de siglos de selección y cuidado campesino, adaptado al clima, al suelo y a la cultura de la región. Su color, sabor y fuerza no se encuentran en ninguna otra parte, y su cultivo sigue ligado a ciclos agrícolas que respetan la tierra y sus ritmos.
En Ocotepec, preservar el Tehua va más allá de la producción: es una forma de defender el territorio, la memoria y el conocimiento heredado. Las familias que aún lo siembran lo hacen por convicción, conscientes de que cada mazorca representa una parte de su historia.
Aunque diversas amenazas —como el abandono del campo, la migración o la presión del mercado— ponen en riesgo su existencia, hoy se impulsa un esfuerzo colectivo por conservarlo. Desde el intercambio de semillas hasta talleres comunitarios, el maíz criollo encuentra en su gente la mejor defensa.
Proteger al Tehua es cuidar la diversidad agrícola y cultural de Chiapas. Es, sobre todo, una forma de asegurar que las futuras generaciones sigan escuchando el crujir de sus hojas al viento y el aroma del nixtamal al amanecer.
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KCQ
