En la exuberante Selva Lacandona, al noreste de Chiapas, habita el pueblo lacandón, una comunidad indígena que ha logrado mantener viva su lengua, su espiritualidad y su estrecho vínculo con la naturaleza. Autodenominados Hach Winik —que significa “Verdaderos Hombres”—, los lacandones representan uno de los últimos pueblos originarios que aún resguardan un modo de vida ancestral en el sur de México.
Distribuidos principalmente en las comunidades de Nahá, Metzabok y Lacanjá Chansayab, los lacandones se dividen en dos grupos con variantes culturales y lingüísticas. A pesar de que su número es reducido —se estima que quedan menos de mil hablantes del idioma lacandón—, su presencia es clave para la conservación tanto cultural como ecológica de la región.
La vida cotidiana de los lacandones gira en torno a la selva: practican la agricultura tradicional de roza-tumba-quema, cultivan maíz, calabaza y frijol, y complementan su alimentación con la pesca, la caza y la recolección. En lo espiritual, mantienen una rica cosmovisión que rinde culto a sus dioses en templos familiares llamados “casas de los dioses”, donde realizan ceremonias con cantos, copal y la bebida ritual conocida como balché.
Durante décadas, la comunidad vivió aislada, protegida por la densidad de la selva. Sin embargo, hoy enfrentan desafíos como la tala ilegal, el turismo no regulado y la pérdida de su lengua. A pesar de ello, los lacandones han ganado reconocimiento como los guardianes de la selva. Desde la infancia, sus niñas y niños son educados para respetar el entorno y preservar sus recursos, fomentando una relación equilibrada con el ecosistema.
La Selva Lacandona, además de ser su hogar, es una de las regiones con mayor biodiversidad del continente: allí habitan jaguares, monos aulladores, guacamayas y cientos de especies únicas. En este territorio también se han hecho descubrimientos arqueológicos recientes, como la ciudad maya de Sak-Bahlán, que revelan la profundidad histórica del legado indígena en la región.
La historia del pueblo lacandón es un testimonio de resistencia cultural y armonía ambiental. Mientras otras comunidades originarias luchan contra el olvido, los Hach Winik siguen mostrando que es posible habitar el mundo moderno sin renunciar a las raíces ancestrales.
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KCQ
